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VALLES DEL RONCAL Y SALAZAR

En estos valles habitan paisajes escarpados envueltos en niebla y nieve, cumbres que superan los 2.000 metros acompañados de un verdor embriagador, bosques enmarañados y el agua de sus ríos. En Roncal y Salazar, el hombre ha pedido permiso a la naturaleza para vivir con ella.

 

La villa pirenaica surge de casonas de piedra, tejados curvos inclinados a dos o cuatro aguas, entramados de marcos y vigas de madera, calles empedradas,...

Lo que nos depara esta parte de Navarra, merece la pena.


Salimos de Pamplona, camino de Zaragoza y tomamos en el km 6,8 la N240 dirección Huesca-Jaca. Disfrutaremos de la Higa de Monreal, el puerto de Loiti, la Foz de Lumbier y el pantano de Yesa.


 

Ya en tierras aragonesas, debemos tomar el desvío de la A 137 por Salvatierra de Esca. Es un tramo estrecho y con curvas que mejora al llegar a Roncal. Llegamos a Burgui, una deliciosa villa pirenaica, caracterizada por su bello puente medieval que aún conserva los arcos originales y que ve anualmente, el día de las almadías, pasar a los almadieros en recuerdo a lo que ha sido su vida hasta hace apenas unas décadas. La iglesia de San Pedro guarda el viejo órgano del Monasterio de Leire.

 

Seguimos camino hacia Roncal, localidad que cuenta entre sus honores ser la cuna del gran tenor Julián Gayarre, la belleza del pueblo y la riqueza de un queso magnífico.

Cuatro kilómetros más adelante, está Isaba, municipio muy animado. Próxima a las pistas de esquí de fondo y las de alpino francesas, Isaba siempre tiene a gente recorriendo sus bonitas calles. Además, muy cerca, todos los años se celebra el Tributo de las Tres vacas.

 

Emprendemos la NA 140 que atravesará el puerto de Lazar y nos conducirá hasta Ochagavía. Donde podremos dar una vuelta y también conocer su Centro de Interpretación de la Naturaleza.

 

Para el regreso, podemos coger la NA 178, hacia Navascués y continuar hasta Lumbier ya por buena carretera aunque con abundantes curvas en el puerto de Iso, para salir a la N240 que directamente nos lleva hasta Pamplona.


Roncal
Roncal vive encaramado a la montaña. Sus casas blasonadas se aferran a las calles estrechas y empedradas, coronadas por la ermita de Nuestra Señora del Castillo. Desde este lugar, tenemos una bonita vista de Roncal sobre el río Esca.

 

En este pueblo pirenaico, los tejados de teja curva y varias aguas, coronan casas en ocasiones señoriales del siglo XVII y XVIII, sin olvidar la iglesia de San Esteban, del XVI.

 

Parece un escenario creado para una historia medieval. Cada uno de sus rincones tiene un encanto especial. Se respira la vida enlazada con el pastoreo y el bosque y la amabilidad y sencillez de sus gentes.

 

Al margen de un obligado paseo por sus calles y el barrio del Castillo, en Roncal tenemos que conocer la historia del gran tenor universal Julián Gayarre. Gayarre (1.844-1.890) fue pastor de ovejas de joven. Logró estudiar música en Pamplona, Madrid e Italia y conquistó los mejores escenarios de ópera del mundo. Su recuerdo ha quedado grabado en multitud de documentos de la época que elogiaban la magnífica voz de Gayarre e incluso compositores como Wagner o Gounod ensalzaron su canto. Es una verdadera lástima que no existan registros de su voz para escucharle hoy en día. Sí podremos admirar el mausoleo de Gayarre, realizado por Benlliure que está en el cementerio, a 600 metros de la localidad. Gayarre murió de una grave afección de la laringe que le impidió en sus últimos años cantar como este gran artista sabía. En su Casa-Museo descubriremos parte de su vida a través de objetos y recuerdos personales del tenor.

 

Por otra parte, Roncal, lugar tan indisolublemente unido a la naturaleza, debía contar con un Centro de Interpretación. Está a la salida de esta población y nos ayudará a comprender el magnífico paisaje que nos rodea.

 

Y no olvidemos probar el queso de Roncal, hecho con leche de oveja rasa, alimentada con pastos pirenaicos, bien curado y con un sabor fuerte, obtenido tras un proceso de elaboración muy delicado. Eso sí, con la calidad del sello de Denominación de Origen del Roncal. En el camino, muchos lugares venden este sabroso queso.

 

Isaba
Isaba es la localidad más septentrional del Valle de Roncal. Bajo la peña de Ezkaurre, nace en la confluencia de los ríos Belagua y Ustarroz. De ella parte la carretera de Belagua que cruza el impresionante valle de origen glaciar donde se practican deportes de invierno como el esquí de fondo o, ya en la estación francesa de Arette, esquí alpino.

 

Por ello, Isaba ofrece al visitante multitud de servicios turísticos, aparte de la belleza de la villa con hermosas casas blasonadas y arcos góticos y rústicos puentes.

 

Destaca la iglesia de San Cipriano, del siglo XVI, con un aire de fortaleza y curioso tejado rojizo. Tiene un bonito retablo mayor de estilo plateresco, un hermoso órgano barroco de 1.751 y una talla de la Virgen de Idoya con el Niño.

Esta Virgen también cuenta con una ermita a las afueras, mágnífico monumento renacentista.

Desde los miradores próximos se admira un paisaje espectacular, protagonizado por cumbres que superan los 2.000 metros, como el Anie, la Mesa de los Tres Reyes, el Txamantxoia, el Lakartxela,... o el espectacular macizo kárstico de Larra.

 

Una bonita perspectiva se obtiene desde la famosa Venta de Juan Pito. Muy cerca, junto al mojón fronterizo 262 de la Piedra de San Martín, se celebra todos los 13 de julio el Tributo de las Tres Vacas. En 1.375, una sentencia quiso poner fin a eternas disputas entre los valles por el aprovechamiento del agua y de los pastos. Lo que fue el pago de este impuesto, es hoy un bonito rito. A un lado de la frontera se sitúan los alcaldes roncaleses vestidos tradicionalmente: sombrero, capote y valona. En el otro lado, los alcaldes de Baretous ataviados con la indumentaria típica francesa y la banda tricolor de la República cruzando el pecho. El alcalde de Isaba pregunta tres veces a los franceses si van a pagar el tributo de las tres vacas “de igual dentaje y pelaje” a cambio del uso del agua y los pastos 28 días al año. Los franceses contestan que sí y el de Isaba promete paz en adelante. Incluso un veterinario inspecciona la salud de las reses.

Ochagavía
Muchos han dicho de ella que es una de las villas más bonitas de Navarra. Asentada bajo la colina de Muskilda, Ochagavía nace en el lugar donde los ríos Anduña y Zatoya se unen, creando el río Salazar. El caserío de Ochagavía, de estilo pirenaico, se arremolina en torno al río Anduña y los cuatro puentes de piedra que separan las dos partes del municipio. Dos puentes más cruzan el río Zatoya que abraza a la localidad.
Sus calles preciosas, de cantos rodados, son muy estrechas debido al frío clima que soporta el valle de Salazar en invierno. En Ochagavía aprecian y cuidan sus casas de piedra, respetan la madera y la teja plana vieja con la que construyen los tejados y sus aleros salientes.
Muchas casas, algunas palacianas góticas, renacentistas y barrocas, tienen incluso nombre propio.
Envuelta en un paisaje que enamora, es la localidad más poblada del Valle de Salazar. Centro de la economía del valle, en sus plazas se celebran mercados ganaderos y ferias. Pero no sólo se dedican a actividades ganaderas y forestales, sino también al turismo, ya que las características del lugar permiten realizar deportes de invierno y excursiones en verano.
En las proximidades de Ochagavía existen lugares increíbles que los habitantes de esta localidad aconsejan vivamente. A un paso, la Selva de Irati.
Nada más entrar a Ochagavía, hay un bonito crucero plateresco. Una empinada cuesta nos conducirá hasta la iglesia de San Juan Evangelista, con un retablo renacentista merecedor de la visita. Es obra del discípulo de Anchieta, Miguel Espinal.
A otro paso, en un desvío de la carretera que une Isaba con Ochagavía, la ermita de la Virgen de Muskilda.
Sin apenas decoración, es un claro ejemplo de construcción románica. Todos los 8 de Septiembre, los salacencos suben a ella en romería. Ocho danzantes locales ataviados vistosamente con cascabeles, cintas multicolor y gorros cónicos bailan danzas propias de la tierra: cuatro números de paloteo, uno con pañuelos, una jota tradicional y un pasacalles con castañuelas. Están acompañados por gaiteros y por un personaje apodado el “bobo” que danza cubierto por una máscara de doble rostro.
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