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LA ZONA MEDIA - ESTE

En este lugar, se mezcla la Naturaleza con el sello histórico, monumental y arquitectónico de la mano del Hombre, que se siente en sus pueblos y, como no, en el Pantano de Yesa o Mar de los Pirineos.
Dejaremos atrás la Higa de Monreal y, a partir de ese momento, no debemos perdernos el margen izquierdo de la ruta: la impresionante naturaleza agreste, radical, de la Foz de Lumbier y los valles que lo rodean, la garganta dibujada por el río Irati, el verdor salvaje en contraste con la piedra caliza grisácea y al fondo, en los días claros de invierno, el esplendor del Pirineo Aragonés y sus picos nevados.

Dejamos Pamplona por la carretera Zaragoza-Madrid hasta el Km 6,8 donde emprendemos ruta hacia Huesca y Jaca. Nos dirigimos a la zona que constituye la mayor concentración en Navarra de espacios calificados por Europa como Reservas Naturales.


En este punto, cruzaremos las fronteras que durante muchos siglos fueron motivo de enfrentamientos entre los Reinos de Navarra y Aragón. Sos del Rey Católico, lugar que fue por última vez navarro en el siglo XII, lo merece todo: calles estrechas, recuerdos medievales, murallas, su castillo, su hermosa casa consistorial renacentista y su no menos bonita iglesia románica de San Esteban. No todos los días se puede pasear por el lugar que vió nacer al rey Fernando el Católico.


Regresamos por la carretera NA 127, algo tortuosa, hasta Sangüesa para tomar el desvío que marca a Javier. Apenas 8 Km. para encontrarnos con el Castillo, cuna de San Francisco Javier, patrón de Navarra y que mueve a miles de navarros todos los años en peregrinación en las tradicionales javieradas.


Visitado el Castillo de Javier, nos dirigimos a Yesa y tomamos la ruta que nos lleva hasta el Monasterio de Leire, enmarcado en la Sierra de Leire, entre bosques, carrascales y quejigales, dominando la extensión del Pantano de Yesa. Seguro que no nos deja indiferentes.

Sanguesa
Sangüesa la Vieylla estuvo emplazada en lo alto de una colina conocida por Rocaforte. Nació para proteger a Pamplona de las invasiones musulmanas y más tarde, sirvió como fortaleza para defendernos del Reino de Aragón. En el año 1.121, Alfonso el Batallador trasladó la ciudad hasta su emplazamiento actual, un lugar de paso continuo y unión de cuatro calzadas romanas: las provenientes de Zaragoza, Jaca, Pamplona y Dax. Además, Sangüesa está en pleno Camino de Santiago.


Con un cometido defensivo tan importante, Sangüesa pronto comenzó a gozar de privilegios reales que le permitieron hacerse con un patrimonio artístico, tanto religioso como civil, que se palpa a cada paso.


Quiz á su joya más valiosa sea la Iglesia de Santa María la Real, declarada monumento nacional, y en especial el conjunto escultórico de su bellísima portada con columnas estatua y delicada iconografía.


A ún así, no podemos olvidar su torre octogonal gótica, los tres ábsides de la cabecera, del siglo XIII, el retablo mayor plateresco con la talla gótica de la Virgen de Rocamador y una custodia procesional gótica.


Si seguimos por la calle Mayor, toparemos con el Palacio de los Duques de Granada, del siglo XV y el Palacio de los Condes de Guenduláin, del XVII. En la calle Alfonso el Batallador, encontraremos el Palacio de Vallesantoro, su hermosa fachada churrigueresca del siglo XVII y un monumental alero de madera tallada que hoy alberga a la Casa de Cultura.
Si continuamos esta calle alcanzaremos la Iglesia gótica de San Salvador y su portada, imagen del Juicio Final. Además, no deben abandonar Sangüesa sin ver la Casa Consistorial y su fachada renacentista.


Este edificio es una ampliación del Palacio fortaleza Príncipe de Viana, lugar en el que este príncipe habitó cuando Sangüesa fue Corte de los reyes de Navarra. El Palacio aún cuenta con dos torres almenadas y un foso interior.
Visitaremos también la Iglesia de Santiago, entre el románico y el gótico, y cuyo entarimado escondía una colosal estatua de piedra del apóstol Santiago descubierta en 1.965.


Además, debemos mencionar el Convento de San Francisco de Asís y el de Nuestra Señora del Carmen. Este convento, además de acoger una bonita iglesia y claustro gótico, cuenta con un peculiar museo: relojes antiguos de torre desde 1546 hasta nuestros días.

Castillo de Javier
San Francisco Javier, patrón de Navarra, reúne todos los años en el mes de marzo a miles de navarros que no faltan a la Javierada (algunos llevan haciéndolo casi 40 años).
Desde toda la geografía foral, acuden en peregrinación hasta Sangüesa.
A la mañana siguiente, la masiva corte de peregrinos recorren en Vía Crucis los ocho kilómetros que separan Sangüesa de Javier, lugar que vió nacer al santo en 1506, un infatigable misionero que recorrió tierras tan lejanas como las japonesas.
El Castillo se construyó en el siglo X a partir de una torre creada para vigilar la frontera sobre una roca desde la que se divisaba el valle del Aragón. En 1.223, Sancho VII el Fuerte recibió esta fortaleza del infante de Aragón como garantía de un préstamo de 9.000 sueldos. Esta cantidad no fue devuelta y el castillo quedó para Navarra.
En torno a esa torre, los dueños del castillo fueron construyendo recintos defensivos hasta convertirlo en un castillo. La torre del Homenaje está dedicada a San Miguel, por ello también se la conoce como la torre de San Miguel o la Torraza.
Ahora, del castillo encontramos una restauración del siglo XIX, ya que el cardenal Cisneros obligó a demoler el castillo casi en su totalidad tras la anexión de Navarra a Castilla. Cisneros mandó arrasar los muros exteriores, desmochar las torres, cegar los fosos e inutilizar las saeteras. Después de esta destrucción, el castillo ha sido objeto de continuas restauraciones.
Este edificio está formado por fuertes torres almenadas y adosada a su muro, se alza la basílica, lugar donde se halla la pila en la que fue bautizado San Francisco Javier. Podemos recorrer las dependencias del castillo con los guías, ya que ellos nos contarán los recuerdos de la vida del santo en estas dependencias. Nos hablarán de la imagen del Cristo de la sonrisa, construída en madera de nogal y que preside una capilla con pinturas murales sobre la Danza de la Muerte, en la que esqueletos amarillos se dibujan sobre el fondo negro, y nos contarán los secretos que esconden estos, ya de por sí, impresionantes muros.
Monasterio de Leire
El Monasterio de San Salvador de Leire goza del esplendor de su salvaje Sierra, con su cornisa recortada de rojizas e imposibles peñas y bosques y, bajo su mirar, el Pantano de Yesa, imponente con su presa de 74 metros de altura y 411 de longitud y sus aguas azules. En este paisaje, encontramos el Monasterio, impregnado de historia, belleza y leyendas, como la de San Virila, abad del monasterio que extasiado por el canto de un ave, se detuvo un instante frente a una fuente a escucharlo.Cuando regresó, descubrió atónito que habían pasado 300 años.
Ya desde el año 848, sabemos que existe el monasterio. Leire está compuesto por la cripta, los ábsides, tres naves románicas y la esbelta torre cuadrangular.La cripta es un tesoro: un recinto primitivo y arcaico, sembrado de robustas columnas enmarcadas por enormes y desiguales capiteles con una rústica ornamentación del siglo XI.
La sobriedad marca cada partícula de este lugar. Ya en la iglesia, la gran nave gótica apenas recurre a la decoración. Fijémonos en la talla del Cristo en la Cruz, que no es otro que San Salvador de Leire. Tras una preciosa reja gótica, encontraremos la arqueta neogótica que guarda los restos de los monarcas más antiguos.
Podemos observar un bello retablo que relata el martirio que sufrieron las santas Nunilo y Alodia en manos de los musulmanes.
Ya en el exterior, nos fijaremos en La Porta Speciosa, entrada principal a la Iglesia y muestra del románico del siglo XII, que reúne belleza en cada uno de los detalles de su abundante decoración.
En sus primeros siglos, fue el gran centro religioso y cultural del reino de Pamplona y lugar elegido por los reyes para descansar eternamente. Aún hoy, el 3 de Diciembre se conmemora solemnemente en este lugar el día de Navarra y de San Francisco Javier.
Leire es una de las primeras construcciones románicas de la Península. Cuando uno pasea por su interior, imagina la vida de los clérigos entre sus muros. Por él pasaron monjes benedictinos y cistercienses tras 75 años de disputas entre ellos. La vida monástica desapareció en 1.836 con la desamortización de Mendizábal, y los monjes no regresaron, en este caso benedictinos, hasta 1.954.
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